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martes, 21 de agosto de 2012

Ellas


Era el tiempo escupido por la muerte...
Sonaba a hueso roto el rumor de los árboles...
Era la vida horizontal vestida de uniforme,
la juventud vencida de vejez y cansancio
sonriéndole al veneno disfrazado de aire.
Era el sonambulismo decretado.
La delación bien vista.
La desbordante fiesta del saqueo oficial.
Un pueblo arrodillado a punta de fusil
ante los timoratos de prestigio,
ante los chupasangres
mimetizados todos de arrogancia.
Era el tiempo del miedo.
De soportar empellones
haciendo alarde de obediencia,
amordazado con autoadhesivos
de «derechos y humanos».
Eramos la  larga caravana de silencio
contemplando la vida cuerpo a tierra
bajo la oscura luz dictatorial.

Y entonces:
Ellas...

Las vimos salir a dar la vuelta.
Vimos la lumbrarada insospechable.
Un posible futuro surgiendo de la nada.
Eran los ojos limpios.
El hilo umbilical de la Esperanza.
La amorosa sentencia inapelable.
Era la mansitud blindada.
La humildad amurallada de coraje.
Era la dignidad de pie.
El grito perpetrado
contra el asesinato y el ultraje.
Luminosa matriz del heroísmo.
La amorosa vanguardia inaugurada.
Savia y verdor de insurrección virtuosa.
Paciente y tenaz sol opuesto al hielo.

Eran Ellas:
Las Madres de la Plaza.

Alabadas sean
en el nombre del Amor,
y de los Mártires,
y del Futuro...
Amén.

Carta


Argentina, ................................................., 1978.

Aquí, la Patria bien.
Ya saben...
La han pintado con leche envenenada,
pero nadie lo nota.
La han regado con sangre derramada,
pero, tan generosa,
la ha absorbido en silencio.
Le abrieron grandes fosas,
y aparentando bocas conmovidas
se ha tragado los hijos
y las madres.
La han herido de muerte
pero agoniza intacta.

¿Qué más contarles?
El pueblo, bien.
Ya saben...
Atacado, en principio, del oído
fue perdiendo la voz,
pero trabaja.
Y se lo ve satisfecho
con el hambre.
Aún tiene raptos de gesto enrdecido,
...los ahoga en las canchas,
y el que no lo consigue
es simplemente enmudecido
para siempre.
El riesgo de pensar
ha sido controlado
felizmente.
Se come pan,
y buena carne,
se siembra, se cosecha
y nos devoran.

¿Qué más puedo contarles?
De los que ya no están
aún no hay noticias...
Y entre los que quedamos
ni se habla,
por no alterar el ritmo
que, según nos declaran,
es «derecho y humano».
Eso sí,
de los que nunca faltan
aún quedan bastantes.
¿Pretensiones?
¿Quién sabe?...
A relucientes botas
oponen pies descalzos,
a fusiles cargados
sólo pañuelos blancos...

¿Qué más puedo contar?
Van los rumores:
Que la cizaña nunca ha dado frutos
y más tarde o temprano hay que cegarla,
que hay tumbas que sólo son trincheras
desde donde la muerte dignifica la vida,
que cada hueso mutará en semilla,
que por cada mano habrá una espada
y tocarán a una por cabeza
hundiéndose en traidores y tiranos.

Madres de la Plaza


Siempre celebro poder acompañarlas...
aprender las consignas,
presentarme a las marchas,
firmar los petitorios,
estar en las pintadas.
Yo por ustedes,
Madres,
tengo enervado el corazón
los jueves por las tardes.

Sólo por el ejemplo que nos dieron
de a poco
y tambaleante,
levanté mi cabeza de las sombras,
volví a gatear con la esperanza.

Yo alzo mi voz
siempre que digo que,
pese a todo,
aún nos queda el ejemplo
de las Madres.

Con ese mismo ardor
con que me acerco,
siempre que me encolumno
hacia la Plaza
se me cuela un deseo
por el alma:

Yo, por Ustedes,
¡quiero mi verso navegante!,
¡quiero que se transforme
en un volante!,
¡quiero que sea
una vela al viento!
¡Que no lo pare nadie!

Para que no se sientan
nunca solas,
los que estén de este lado,
quiero
me donen sus palabras.

Yo quiero desprenderme
de mí misma,
  que por mi boca
hablen las bocas 
de las Madres,
que a mi través 
se noten sus heridas,
que se me transparenten 
sus desgarros.

Sólo si por mi boca
se oye el grito
de las llamadas «Locas»,
si puedo darle forma
al sentimiento
de las «Madres Coraje»,
si puedo hacer mi rima combatiente
tendré justificado
mi lenguaje. 







Heróico Corazón Materno


¡Este corazón entablillado!,
¡y este alma coja!,
esta espina vieja en el costado
¡que no afloja!

Comulgo en este estado
de desaliento
con polvo, con ceniza,
con humo y viento.

Viento y ceniza siento
contra mi pobre pecho descarnado,
en humo y polvo preso
mi agonizar esperanzado.

Entablillado el corazón
que voy llevando
se ajusta tenazmente a su misión:
andar andando.

No lo amedrentan balas encentidas
ni conjuradas botas,
ni lo apartan rosarios decretados.
Ya nada nota.

Va por un niño que se voló a gorrión
desde mi seno,
desde mi sentimiento a su pasión:
lucero pleno.

Va tras el látigo atrevido
y el silencio.
Va corazón arruga y estampido.
Va duro y recio.

Al hijo con crueldad me lo arrancaron
mas no a mi corazón,
error en el error, me lo dejaron.
Sufrirán su explosión.

Entablillado va, valiente escudo.
Es altiva denuncia su latido
señalando asesinos cobardemente mudos,
y saldrá victorioso aunque esté herido.

El Jueves


Ha dejado de ser en la semana
un día más, que el medio marca
y basta.

Hoy los jueves son santos
por ser jueves
en todas las semanas.

Es una maldición de horario fijo
del almanaque uniformado del traidor
y el asesino replegado.

Es un hostigamiento sin cuarteles,
un golpe de martillo honesto
que no falla.

Es un atizador del fuego
que cae sobre el olvido intencionado
y lo fulmina.
El jueves es el día de las Madres.
De Ellas,
¡que son más Madres cada día!

Y por Ellas el jueves es la horca
que aprieta mensualmente
a cuatro manos.

Y no cesará en ser, aunque lo intenten,
el jueves en la lucha,
un día valiente.

Un alto golpe contra el crimen,
un día enamorado
y combatiente.

Madre al Hijo Desaparecido


Yo espero tu regreso en la paciencia,
con que amasé el valor de no esperarte
y salir por las calles a buscarte
armada del valor de mi conciencia.

Yo no esperé consuelo ni clemencia
mientras clamé y lloré por encontrarte,
y le jugué a la vida, no a la muerte,
en tanto opuse paz a la violencia.u

En mí tengo un valor que no se agota,
y por vos soy un seno insatisfecho
y avengo madre de los que, en tu suerte,
contigo son vertiente que no brota.

Haré y desharé mil veces lo que he hecho,
revolveré mares, cielos y tierras para verte.
Opondré a la injusticia justicia, voz y pecho
luchando por tu vida hasta mi muerte.

Tras Ellas

Despacio y decididas dan la vuelta a la Plaza.
Y uno les mira la firmeza altiva,
uno les lee los ecos del dolor en la cara,
y admira el llanto viejo y seco que no escapa.

Uno las ve dar órdenes, agitar las columnas,
las ve arrancar sonrisas y despertar ternuras,
uno va a cobijarse a la sombra materna
que despliegan al paso de las marchas.

Uno sabe que van en duelo lento,
que el corazón les va en un pozo helado
y ciego de dolor, pero que es corazón,
que es conmovido corazón humano y desgarrado.

Uno escucha sus voces con eco de rugido,
siente el temblor que sienten de escalofrío permanente,
las ve apretar al muro de silencio el oído
y levantarle al odio el desafío imponente.

¡Qué tormento infinito que cuesta ser un héroe!
¡Madres!, qué sacrificio construir dentro ese edificio:
el edificio blindado que deja fuera el desaiento.

Uno las ve portar sus hijos en pancartas y fotos,
sabiendo que no les queda más que eso y coraje,
y sabemos que saben que caminan
sobre los huesos rotos.

Uno las ve arar día tras día
la tierra seca del olvido.
Y regarla.
Las ve reconocer y alertar al espía.
Y protegernos.
Tras ellas uno entiende que ser héroe
es más que un sacrificio,
es más que ser humano con derecho al dolor,
que es no gozar el consuelo de la vida sencilla,
que es oponerle frente alta al martillo del odio,
y es morirse en la muerte de los otros, pero en vida;
que es caminar una avenida de ausencias
sin tenderse a llorar.

Uno las ve, las oye, las escucha,
y quisiera imitarles esa vida,
tener esa medida que en la lucha
junta exacto coraje y pena desmedida.

Tener esa conciencia dolorosa y fraterna,
ese filudo y dulce fuego de metal,
esa sublevación pura y materna,
esa estrategia dura contra el mal.

Tener, digo, quisiera, como Ellas
la inequívoca y lúcida conciencia,
inconmutable como las estrellas:
la sangre derramada es nuestra herencia.

Sin Título

«Dichosos los países que no necesitan héroes»
Galileo Galilei - Bertod Brecht

Madres, que experimentaron el hierro con la piel
y con la piel el fuego y el desgarro,
y han mordido los frutos de la hiel,
un pan de piedra, sangre y barro.

Madres que llevan adelante combatida vida
y en vida de combate van hacia adelante,
conmovidas entrañas para siempre heridas,
incansable sabuesos del perdido diamante.

Madres, que se han quedado amontonando ecos
y apretando al regazo una desolación de alientos,
esclavas de un aroma que sube desde el hueco,
y desde el hueco llama con ímpetus violentos.

Madres, cada día más madres necesarias,
si pudiera borrarles el cuchillo,
volver atrás las noches y los días,
hacer el tiempo ingrávido y sencillo.

Si pudiera volverlas simplemente
a las serenas horas de rezongo y cocina,
a aquellas horas pasadas mansamente
con olores de plancha y lavandina.

Hacer el tiempo atrás y detenerlo,
apartar la traición y la indecencia,
dar de mi sangre al hijo y devolverlo,
vencer todo el olvido, toda ausencia.

Devolverlas al anónimo oficio,
a la mesa con todos,
al domingo sin faltas.
Si a voluntad pudiera
borrar tanto verdugo
y todo lo que han hecho.

Volver la carne al hueso,
la sangre a las arterias,
el corazón al pecho.

Si la voluntad pudiera
lograr este imposible afán,
librarme de este celo,
por sólo este motivo,
entregaría mi vida
con gozo y embelezo.

Ser Héroe

Ser héroe, pero serlo de veras,
más allá de discursos,
de falsa bravuconada hueca
y perpetuos aplausos.
Ser héroe, pero no de novela,
ni de historia oficial,
ni de puerta de escuela.
Ser héroe de hoy, carnal,
de vida cotidiana.
Ser un héroe en stress,
de condición mundana,
de ir por ariscas calles
repletas de neutrales
y celadas traidoras,
de hostigamientos generales
y generales corrompidos.
Ser héroe en este trance,
valerse del instinto
que es un arma gigante
contra el golpe corrupto.
Ser héroe de estos tiempos,
en esta patria herida,
ciudad paralizada
y arrasado campo.
Serlo y en tanto
no contaminarse,
dar pupila al horror
y no cegarse.
Alzar las brasas
y no carbonizarse.
Serlo en noche infinita
y gobernar la luz.
Ser como Ellas lo son:
las Madres de la Plaza.
Portar la carga
y no vencerse al peso,
ser herido de muerte
y no morirse,
   Gracias, Madres, por tanto.
   Gracias por todo eso.

Clamor de Madres


La buena sangre
¡Qué buena y generosa!
Siempre abundante.

No hay cerco que la contenga,
no hay vasija que la guarde.
La buena sangre
vertida por todas partes.

¿Dónde habrá de esconderse
tanto verdugo
de la visión terrible
de tanta sangre?

Temporal de futuro
 ¡por esa sangre!
Poner los corazones
en la balanza
 ¡por esa sangre!
Llorar sobre la tierra
 ¡por esa sangre!
Afinar el desprecio
 ¡por esa sangre!
Afirmar convicciones
 ¡por esa sangre!
¡Todo por ella!
La buena sangre
que está en espera.

Hacer comunión diaria
 con esa sangre.
Seguir con ella un curso
 de Humanidades.
Que nadie quiera perder su tiempo,
que el que se para pierde,
y el que conspira gana.

Que no haya horas vacías,
que el que descanse sueñe
 con redimirla.

Sacudir las cadenas
 ¡por esa sangre!
Agitarlas con fuerza
 ¡por esa sangre!
Con fuerza hasta arrancarlas
 ¡por esa sangre!
¡Que ya no consintamos
en derramarla!
 Por los que aún quedamos,
 por los que vienen,
 ¡basta ya de entregarles
  la buena sangre!

lunes, 14 de junio de 2010

Alas

Resulta extraño el mundo. El viento barre absorto
las dobles alas luminosas
de una ausencia furtiva
que gira en la sombra de las cosas.

Dobles alas del esfuerzo inútil,
testarudos enigmas cotidianos,
plenitud del fracaso vuelto vicio,
presencia repetida de la ausencia.

Los hombres —Dios mediante—
insisten en no verlas,
las dobles alas juegan
en círculos concéntricos.

Sólo de tanto en tanto
rozan la luz
de mi pañuelo blanco.

La Ronda

¿Ven el espiral?
...asciende, sube, se alza
sobre su eje...

¿Ven el giro que cierra
su círculo perfecto
y sobre y desde sí
hace un círculo nuevo
que es, pero no es, el mismo?

Un pétalo que acciona
en otro pétalo,
una pluma
que a otra pluma sigue,
un ala,
un ave,
una bandada...

Es la Ronda.

Cada vuelta
recupera la vida,
cada paso
se acompaña de otros
que giran por una eternidad,
sin perdernos de vista.

Una adición de pasos,
de gestos y de signos
que vuelve y vuelve
y acumula y retoña.

Una Ronda que ronda
sobre difusas huellas,
una Ronda que cerca,
que aprieta, que encierra,
que acorrala siniestros
asesinos del alba.

Una Ronda enarnada...

Una crecida Ronda oceánica,
que vuelve, vuelve, vuelve
y se expande.

¿Ven que el giro transcurre,
ven que pesa
y que duele?
¿Ven que se toma tiempo
y sabe lo que hace?

¿Ven que huele a magnolias
en sus extremos blancos?

Ven el surco imborrable
de miúsculos pasos...

Es la Ronda

La Ronda fue lo único
cuando dejaron nada...

Este espejo en redondo,
aún refleja los ecos,
las huellas bifurcadas,
las señales de apuro,
las voces acalladas,
la sal de tanta lágrima.

Es la Ronda.

¿Ven la metamorfosis
de la espiral?,
¿el engranaje manso
que forma una corriente
de materia futura,
de conciencia posible,
que vuelve, vuelve, vuelve
y no lleva la cuenta
de las vueltas que faltan?

Es la Ronda.

¿Ven esa traslación
que avanza, avanza
y nunca se desvía?,
¿ven esa progresión de pasos
que demarcan un surco
de constancia,
que organizan y activan
las leyes de la vida?,
¿que abre un claro
transparente y preciso?

Es la Ronda.

¿Ven lo que no es visible?,
¿ese pálpito inmóvil
que circula en las vueltas,
esa repetición de hálitos leves,
esas chispas eléctricas,
esas ondulaciones
en la quietud del aire?
Son las Apariciones
que la Ronda convoca.
¿Ven o no,
la planetaria ruta,
los astros dando vueltas,
la estelar armonía,
de los brazos maternos,
de las anchas espaldas,
de los blancos pañuelos?

Es la Ronda.